///Relevos, por Jesús Bengoechea

Relevos, por Jesús Bengoechea

Jesús Bengoechea, uno de nuestros autores, ha tenido el detalle de escribir un relato inédito para Armaenia Editorial. Esperamos que lo disfrutéis tanto como lo hemos hecho nosotros.

Es una obviedad y a la vez una mentira que la gente se te muere cuando te cuentan que se ha muerto.  Yo me enteré de la muerte de Alejandro Cobián a través de una llamada telefónica por parte de otro de sus ex-alumnos. A diferencia de mí, este ex-compañero no había seguido en contacto con Alejandro después del instituto. Yo, en cambio, había conservado con Alejandro un trato tan discontinuo como afectuoso a lo largo de los años. Cenas en su casa, largas conversaciones sobre la vida y los recuerdos del colegio, consejos, risa, vino blanco. Siempre le reproché que nunca terminara de contarnos la revolución industrial.

-Me distraía con argumentos que pensaba podían seros más provechosos en el sentido de que os harían pensar más. Nunca llegué a terminar un temario- me confesó alguna vez. 

Una amistad entre un hombre y otro más viejo que ha sido su profesor puede ser muy sentida, pero no se cultiva con gran frecuencia. Es como si el haber formado uno parte de la adolescencia del otro (siendo ya adulto el primero) obligase a espaciar los encuentros. Puede ser el pudor ante quien fue testigo del mocoso arrogante e idiota que llegaste a ser, como si cada nueva cita precisase de un tiempo de maduración posterior que asentara en el antiguo maestro la idea de que ya no lo eres, suponiendo que ya no lo seas. No vi muchas veces a Alejandro en los veintidós años que transcurrieron desde que dejé el instituto hasta que murió, pero sí las suficientes para desarrollar por él un cariño retrospectivo y cautamente prospectivo a la vez. Tenía algo de arrepentimiento por no haberle escuchado o apreciado más en esa adolescencia, cuando él divagaba sobre la tarima y yo me fijaba en las piernas de Elena, que luego daban para tan provechosas fantasías en el baño. Parece que puedo verlo aún, sentado en una esquina de la mesa tutorial mesándose las barbas y lanzando una pregunta al aire. Lanzar una pregunta al aire adolescente y otras formas de caer en saco roto. 

Llegué al tanatorio con el ánimo pesaroso y la camisa empapada en sudor. Alejandro murió en agosto, loable signo de discreción. En agosto y de un infarto, díganme si es posible importunar menos en tu modo de dejar un fiambre. No encontré por el tanatorio a ningún otro ex-compañero del instituto. La gente estaría en la playa, eso para empezar, y además éramos pocos los que habíamos mantenido algún contacto (esporádico al menos) con nuestro profesor de historia. Sí había por allí, en cambio, algunos ex-compañeros suyos, es decir, otros viejos profesores de mi juventud. Todos rozaban la edad de jubilación cuando no la superaban, y los estragos del tiempo en sus arrugas, sus entradas (sobre todo en las mujeres) y sus carnes fláccidas no dulcificaban la amargura del momento. Encontrarme con alguno de estos viejos maestros supuso, como se verá, una sorpresa mayúscula. 

Sobrellevé con entereza varias conversaciones luctuosas con algunos de estos viejos profesores cuyos nombres, en algunos casos, había olvidado. Uno de ellos tomó a otro del brazo para que lo acompañase al escaparate -¿cómo si no llamarlo?- tras el cual se exhibía para la concurrencia el cadáver de Alejandro. Nunca he entendido la costumbre de asomarse a ese espectáculo inconcebible y, tratándose además como se trataba de alguien querido, esquivé el ofrecimiento con un somero escorzo y me encaminé a la máquina de refrescos. En los tanatorios hay máquinas de refrescos. Esto es así y no hay nada que podamos -ni quizá queramos- hacer al respecto. 

Introduje una moneda por la ranura y la máquina me devolvió el ruido sordo de la lata desplomándose y el del cambio tintineando en la abertura inferior. Entonces, mis oídos registraron ese otro sonido. 

-Javier, ¿cómo estás? 

Puedo dar fe, gracias a aquel encuentro imprevisto, que es posible ver un espectro y encajar la circunstancia con poco más que una leve perplejidad. Basta con que te alcance a tiempo la evidencia de que en realidad, precisamente por estar allí, delante tuya, no puede tratarse de un espectro. Había dado por muerto a Adolfo Cifuentes, aquel profesor de matemáticas, hacía al menos una década. El susto me duró lo que tardé en asumir la única explicación viable: lo había dado por muerto erróneamente. Me agaché a recoger mi lata de coca-cola, me hice asimismo con las monedas del cambio y estreché la mano de Cifuentes disimulando los últimos latidos de sorpresa. Opté por no hacerle partícipe de mi error, largamente sostenido en el tiempo. No debe de ser agradable que alguien, en un velatorio o en cualquier otro lugar, te cuente que te suponía criando malvas desde hacía lustros. 

Cifuentes y yo hablamos durante un rato, yo con mi lata de coca-cola, él no. Por supuesto, la tragedia de Alejandro protagonizó gran parte de la corta y poco estimulante charla. Hay algo perturbadoramente humorístico en el hecho de lamentar la muerte de alguien junto a otro tipo a quien creías muerto dos minutos atrás. Cifuentes, por lo demás, estaba casi tan estropeado como si de hecho hubiera fallecido no ya hace diez años, pero sí -digamos- el último noviembre. Estaba esquelético y los ojos se le salían de las cuencas, un poco como si el sorprendido por encontrase con vida fuese él y no yo. Con esa expresión de algún pasmo me contó Cifuentes, porque en los velatorios se habla también de otras cosas, que seguía dando clases de matemáticas a imberbes. Yo también le conté cosas de mi vida, cosas buenas y malas acontecidas a lo largo de casi un cuarto de siglo, que es el tiempo que llevaba sin tocar sus integrales de segundo grado. 

Me causó una muy leve ilusión el diálogo cuando hube superado la sorpresa que aparejaba. Me parecía irónico que la muerte se hubiera sentido en la obligación de soltar de sus garras a una presa que yo ya tenía por devorada por sus colmillos, y todo para presumiblemente compensarme por el sinsabor de haberse llevado otra presa más preciada. Lo más irónico era precisamente esto último: no había color entre mi afecto por Alejandro y mi afecto por Cifuentes. La muerte había jugado sus cartas con enorme sarcasmo, o con enorme torpeza, si había pretendido desagraviarme con el relevo de un muerto por otro. 

No sé qué me había hecho dar por cierta la muerte de mi antiguo profesor de matemáticas durante tanto tiempo. Quizá se trató de uno de esos bulos que se ponen en circulación entre antiguos alumnos de centros de enseñanza, van de boca en boca en cenas de aniversario de la promoción y se asientan a través de la fluidez en el trato a distancia que consagran las redes sociales. O quizá, sencillamente, había soñado la defunción de Cifuentes y mi razón la había dado por buena. Al fin y al cabo, no había ningún motivo para que Cifuentes no se hubiera muerto de verdad. Nunca hay ninguna razón para que alguien (nadie) no se haya muerto de verdad. Que se lo pregunten, medité, al pobre Alejandro, que ha tenido que dejar su hueco en este mundo para que Cifuentes recupere el suyo (sí, ya sé que en realidad Cifuentes no había llegado a perder nunca su lugar en esta vida pero sí lo había hecho a mis ojos, y qué ojos sino los míos cuentan en definitiva para mí). 

Mi diálogo con Cifuentes desembocó en el mismo sitio que mi lentísimo paseo a su lado. Nos incorporamos al círculo de deudos de Alejandro, entre ellos varios maestros del instituto, quienes mezclaban en su charla compungidas remembranzas sobre el amigo muerto con referencias al calor o la subida del IVA cultural. En un momento dado, me despedí de ellos. Quería por todos los medios evitar el que alguien me pusiera en la tesitura de asomarme al féretro de Alejandro (soy refractario a mirar a la cara de seres inertes, cuánto más si les quise). Además, me podían el bochorno y la pena. 

Estreché la mano de Cifuentes sin saber que, esta vez sí (suponiendo que alguna vez hubiera una vez que no), sería la última ocasión en que lo hiciese. El tiempo solo me había ofrecido una pausa, un breve paréntesis, un efímero oasis en el desierto de la pertenencia de Cifuentes al mundo de los muertos, al que aún tardaría un tiempo en regresar pero yo no sería testigo de ese tiempo, si se comprende lo que quiero decir. 

Hoy supe del fallecimiento de Cifuentes, del de verdad. Esta vez sí que no ha sido un bulo o una imaginación mía. Ha pasado año y medio desde lo de Alejandro, lo que no sé si es mucho o poco. El hecho es que Cifuentes ha muerto del cáncer que ya se insinuaba en las demacradas facciones del último día en que le vi. Esta vez sí que se ha muerto de verdad. Facebook no miente cuando cosecha muchos comentarios y esto va a ser, me dije, que Adolfo Cifuentes ha dejado de flirtear con la ribera del Aqueronte y se ha zambullido en sus aguas definitivamente. No hará falta que explicite las razones por las que tengo pensado, pese a que solo lo vi una vez en los últimos veintidós años, acudir al funeral en el tanatorio, que es mañana. 

Esta mañana me he presentado allí y he encontrado el mismo grupo de profesores castigados por la vida y el azote de la depresión, solo que todavía más avejentados. Emitían sobre Cifuentes lamentos muy similares a los que hace dieciocho meses descerrajaban sobre el pobre Alejandro. He estrechado manos, he carraspeado un poco y -con la excusa del incipiente calor de la primavera- me he encaminado a la máquina de refrescos. Es el mismo tanatorio y la misma máquina. 

He introducido una moneda por la ranura y la máquina me ha devuelto el ruido sordo de la lata desplomándose y el del cambio tintineando en la abertura inferior. Entonces, mis oídos han registrado también otro sonido. 

2016-10-28T17:32:55+00:00 12 Septiembre, 2016|Categories: Medios, Noticias|Tags: , , , |

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