///Encuentros con nuestros autores: Marc Biancarelli

Encuentros con nuestros autores: Marc Biancarelli

«Huérfanos como somos de Dios, aún perseguimos nuestra humanidad».

Con ocasión de la publicación en Francia de su novela “Huérfanos de Dios”, la librería Lucioles de Vienne, un municipio francés al sur de Lyon, organizó el 21 de noviembre de 2014 un encuentro entre Marc Biancarelli y sus lectores, del que tradujimos y destacamos las siguientes intervenciones del autor:

«En mi tierra, en el siglo XIX, vivió un abominable asesino a sueldo llamado Tramoni, aunque todo el mundo le conocía bajo el seudónimo de Briccu. Resulta que Briccu interviene y confluye en numerosas historias familiares. Y ello es simplemente porque, lejos de los trillados clichés sobre el honor y la vendetta, fue el ejecutor de todos los ajustes de cuentas entre particulares o grupos familiares de su época. Una época también que, lejos del idealismo romántico que se ha querido mostrar, era de una violencia sin límites y de una injusticia absoluta en muchos casos.

Infernu representa la única opción social posible en esta época para aquellos que buscaban venganza: el asesino a sueldo (en Córcega, un sheriff no sería muy creíble). El personaje toma prestado pues de Briccu la astucia, las prácticas, la cultura, pero hereda también numerosas características de “Rooster” Cogburn, porque “Valor de ley” está ahí, siempre, tras este libro.

Desde niño he leído y visionado todo lo que he podido sobre el pasado de los Estados Unidos. Ignoro de dónde me viene este interés, pero esta fascinación se ha convertido en mi segunda naturaleza e igualmente en una parte primordial de mi formación. Eso, sin mencionar el impacto que han tenido en mí las obras de escritores como Cormac McCarthy (especialmente “Meridiano de sangre”), Jack London, Sherman Alexie, etc.; historiadores como James M. McPherson o Howard Zinn (de quien admiro la toma de posición que supone contar la historia desde abajo, es decir, a través de las clases populares), y también de cineastas de talento que nos han regalado películas como “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, “Sin perdón” y otras. Y finalmente, “Valor de ley”, que primero descubrí en cine en su versión original de los años 70 antes de ver la reconstrucción que hicieron de ella los hermanos Coen, para después sumergirme en la lectura del libro de Charles Portis.

Quise inscribirme desde hace tiempo en este enfoque: utilizar nuestra memoria para elaborar una obra literaria que pudiera interpelar nuestras conciencias actuales, reavivar aquello que está enterrado en nosotros y que nos permitiera mirar a nuestro presente con una mirada más limpia, más ilustrada, menos cargada de pathos, una manera de sumergirnos en aquello que nos constituye -aunque inconscientemente- para conocernos mejor. La idea es abordar nuestra historia más serenamente (sin omitir el evocar la dureza en ocasiones aterradora), más libremente, no a través del prisma político o pasional, sino más bien a través de la creación y la imaginación. Inscribir esta memoria muerta, de alguna manera, en un nuevo imaginario liberado de obstáculos sociales y antropológicos.

Más allá de las grandes temáticas del western, o de la novela épica, lo que más me gusta de éstos géneros es que en ellos se pueden identificar aquellas cuestiones que me rondan: en el horror del conflicto los hombres siguen siendo hombres y, aunque la venganza y la guerra siguen siendo básicamente humanas, hay una luz en alguna parte que quiere desesperadamente lavar nuestros pecados y faltas. Huérfanos como somos de Dios, y privados igualmente de toda mística, hay algo en el corazón de los hombres que los impulsa a mantenerse como eso justamente, como hombres.

Al escribir “Huérfanos de Dios” y al elegir para ello precisamente la lengua francesa, era importante para mí que el libro no fuera fiel a la Historia tal y como ésta se desarrolló, sino que fuera un libro sobre la memoria, que trasciende las pertenencias, las lenguas y las culturas y, a mi parecer, une a los hombres. Yo quise que nos acordásemos de los grandes temas, del peligro que hay en las guerras y en el abandonarse a aventuras sangrientas -y en mi opinión más en la victoria que en la derrota- y quise que mis personajes y aquellos que les han inspirado abandonasen las páginas del olvido histórico para entrar en las de la memoria literaria.

He querido de alguna manera mitificarles, llevarles lejos de cualquier veracidad histórica. No personifican ni el bien ni el mal, sino que son un símbolo de aquello que somos, de aquello que podríamos ser, de lo que seríamos más allá de la antropología, las lenguas y las culturas particulares. Son la experiencia de todos los miserables, de todos los vencidos de la Historia, que buscan su humanidad más allá del caos de las armas».

2016-10-28T17:32:56+00:00 6 Junio, 2016|Categories: Medios, Noticias|Tags: , , , , |

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